viernes, 1 de agosto de 2014

LIMES LACTEA - CAPÍTULO 1 : HALCÓN KOURU


   De pronto, sin alcohol de por medio y sin previo aviso, le molestó mucho lo estúpido que era celebrar un aniversario de años siderales tan lejos del Sistema Solar. De hecho, jamás había estado en el Sistema Solar ni había vivido en la Tierra. ¿Por qué debería entonces marcar una fecha especial en su matrimonio siguiendo esas unidades de medida? ¿Por qué no esperar un poco y celebrar el aniversario de los dos años solares de Uriana alrededor de Oneida? Tampoco sus padres y sus abuelos habían pisado el Sistema Solar, a pesar de lo mucho que lo recomendaba todo el mundo. El famoso "Sistema Original" salía en todos los libros, sus maravillas eran alabadas por escritores, viajeros, historiadores, gurús y científicos, y todas las agencias de viajes interestelares ofrecían gangas para visitarlo; había paquetes que incluían desde un solarium en los Anillos de Saturno hasta aprender airsurf en las tormentas de Júpiter. Y Halcón Kouru ni siquiera lo había despreciado jamás. Sin embargo ahora, Halcón sentía un ligero rencor -no odio, Halcón no odiaba con facilidad- hacia el famoso Sistema Solar, la Tierra y sus años siderales, que imponían su tempo y su ley al resto de la galaxia como referencia de tiempo unificada.

   Estos pensamientos le asaltaron de imprevisto, incluso más tarde de lo que deberían, pensó después, pero no sin razón. Halcón había puesto mucho empeño en preparar todo tipo de detalles para conseguir que los invitados se sintieran lo más a gusto posible y no se aburrieran. Considerando que aquél iba a ser un crucero interestelar de un mes completo -malditos meses, y años, siderales-, no era poco trabajo. Pero el veinticinco aniversario sideral de su matrimonio lo merecía, o eso había pensado antes, y Halcón había trabajado a conciencia. Había supervisado al dedillo el envío de las invitaciones, el diseño de los menús para los humanos y los paquetes de información para los cíber, el reparto de las habitaciones y las unidades de datos, la decoración del Gran Salón y los juegos que habría antes de cada noche artificial, entre otros mil pormenores. Lo había tenido que hacer él todo, pero no le importaba, aún más, lo prefería, para sorprender a Mízar. Ella ni siquiera sabía que Halcón había contratado el Limes Pad, el crucero a Limes Lactea más grande de Uriana. Halcón se decía que era una suerte que Mízar hubiera llegado a Uriana tan tarde, justo antes de la salida del Limes Pad, por el efecto sorpresa. Pero en realidad Mízar había llegado demasiado justa de tiempo, tanto que ni siquiera quiso cambiarse de muda antes de subir, por no retrasar la salida. Había estado de caza en Próxima Tauro, muy cerca del Sistema Solar, y había vuelto con todos sus trajes espaciales hechos añicos. Cuando Halcón le preguntó cómo había ido la expedición, Mízar contestó: "Ya no quedaba ningún glandosaurio de los que nos habían hablado allí, se los había cargado a todos una ameba intestinal". "¿Cómo se han destruido tus trajes entonces?", preguntó Halcón. "Ya que estábamos allí, escalamos el Gran Áureo y otros volcanes del Sistema. Casi me mato..."; Mízar sostuvo la frase y esbozó entonces esa sonrisa pícara que a Halcón le fascinaba ahora y siempre: "...varias veces". En aquel momento, concentrado como estaba en comprobar que Mízar estuviera bien y en llevarla a la habitación para que se cambiara, apenas reparó en los acompañantes que traía.

   Halcón era un buen marido, de eso estaba seguro. No muchos otros hombres habrían sido capaces de aguantar con una esposa tan errática durante mucho tiempo. Halcón aguantaba, y le era fiel, y esperaba lo que fuera necesario en Uriana, cuidando la casa, los campos y los animales. Al contrario que Mízar, Halcón disfrutaba del indolente paso del tiempo, inmerso en una rutina firme y tranquila. Para deleitarse con el poder de un animal o la grandeza de un paisaje, le bastaba con mirarlos. No necesitaba, como Mízar, dominarlos. Por esto, Halcón se había planteado en muchas ocasiones si no sería alguien más como ella misma quien pudiera contentarla. Mízar, sin embargo, siempre volvía a Uriana, y se quedaba tanto como podía, hasta que recibía un nuevo encargo y tenía que marchar. El trabajo de Mízar era, al fin y al cabo, la principal fuente de ingresos del hogar. En cada reencuentro Mízar demostraba amar a Halcón siempre con nuevas fuerzas, y aunque durante todo este tiempo Halcón nunca había perdido del todo su recelo por los viajes espaciales de Mízar, hacía tiempo que sus peores temores estaban aplacados. El sello definitivo había sido Máscon, el hijo que Mízar nunca se había imaginado criar. Y Halcón sabía que había cedido a tenerlo por él, por ese deseo que Halcón nunca había querido expresar y que siempre había expresado sin querer, y sin palabras. Mízar lo había entendido porque, pese a sus ausencias, ella también era una buena esposa, y quizás por mujer, o por cazadora, o por ambas cosas, conseguía comprender el lenguaje secreto de los silencios del cuerpo.

   La paciencia de Halcón había demostrado estar hecha a prueba de las largas ausencias de su mujer, del carácter huraño de su hijo, de las pestes recurrentes en los campos y de los ataques aleatorios de animales salvajes. Pero en aquél momento le estaba costando realmente mantener la calma ante la visión del jolgorio que aquella panda de salvajes cazadores estaba armando alrededor de su mujer. Y se volvió a cagar en los años siderales, una y veinticinco veces.

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